La problemática de los coches autónomos

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Los coches autónomos ya están aquí, y pronto serán parte esencial de nuestras carreteras. Desde un primitivo control de crucero o aviso de cambio de carril, han evolucionado hasta ser capaces de completar un recorrido de forma independiente. Pero este avance tecnológico, al contrario de lo que pasa con otros grandes cambios en nuestra forma de vivir y de consumir (como los smartphones o los vehículos eléctricos), no suscita tanta expectación en la sociedad. Esto se debe a que muchos son los que consideran la sensación de conducir como algo irrenunciable, los que no se fían aún de la tecnología o los que no le ven una ventaja frente a la conducción personal.

En caso de accidente, ¿Deberían los coches autónomos estar programados para elegir a quién priorizar salvar? ¿Quién tendría acceso al código que determina esas decisiones?

Pero la conducción autónoma presenta algunas ventajas importantes, sobre todo en el medio plazo, con una tecnología más madura. En primer lugar, se puede lograr que el coche tenga una visión de 360º, quitando así los temidos puntos ciegos. En segundo lugar, un vehículo autónomo no conduciría nunca ebrio ni cansado, esto último evitando por ejemplo tener que parar a descansar. Pero además los coches auto-conducidos tienen tiempos de reacción mucho más rápidos que un ser humano. Todos estos factores podrían permitir hacer de la conducción autónoma el principal vector a través del cual reducir la mortalidad en nuestras carreteras, máxime en un futuro en que la mayor parte (o incluso la totalidad) de automóviles sean sin conductor, donde la interconectividad entre ellos permita un tráfico 100% seguro, además de fluido, reduciendo en gran medida los atascos.

Ahora bien, a pesar de estas ventajas y otras no mencionadas, este nuevo modo de plantear el tráfico puede presentar una serie de desventajas, sobre todo en sus primeras fases de implantación, cuando no todos los sistemas estén pensados de antemano para vehículos autónomos. Así, estos coches tienen problemas para detectar señales convencionales o semáforos cuando están detrás del sol, o son incapaces de procesar señales dadas por trabajadores en la vía mediante gestos.

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Estos dos primeros inconvenientes no dejan de ser menores, sobre todo para las primeras etapas, cuando este tipo de vehículos no esté bien implantado, pero la solución es sencilla: realizar los avisos mediante señales electrónicas, tanto de los trabajadores como de las señales. Esto implicaría añadir dispositivos a la mayoría de las señales, con el consiguiente coste, y con el riesgo que podría suponer que esos dispositivos se estropearan en algunos casos.

Sin embargo, la problemática va mucho más allá a causa de otra de sus características, que es la dificultad para reaccionar frente a imprevistos (como pueden ser personas distraídas en la calzada o un movimiento brusco de un coche con conductor). La solución, o inevitable parche, a este problema pasa por que nuestro comportamiento frente a la vía evolucione, y esta evolución se deberá basar en una de las característica y punto fuerte de los vehículos autónomos: su predictibilidad.

¿Hasta qué punto estarías dispuesto a comprar un coche que sabes que en caso de accidente podría priorizar la vida de otro frente a la tuya?

Aunque pueda parecer complicado de imaginar, un cambio de mentalidad parecido no es algo nuevo, ya que en el siglo XIX tuvo lugar con la transición del caballo al tren. En efecto, el tren tiene una capacidad de evitar obstáculos limitada y por ello el comportamiento que se tiene frente a la vía del tren es diferente, hasta el punto de que a día de hoy nos resulte obvio culpar de un atropello en la vía del tren a la persona, porque dada la predictibilidad del tren somos nosotros los que evitamos la colisión. En el caso de los coches autónomos se repite una circunstancia similar: su mayor predictibilidad y reacción limitada obligará a los usuarios de la vía a ser los que eviten las colisiones.

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Pero como comentábamos al principio, este no deja de ser una desventaja relativa al corto plazo, al inicio de la implantación, porque es un problema que se da con los ordenadores actuales, pero que previsiblemente se solucionará en un medio plazo. No es el caso la última gran problemática de los vehículos autónomos, que se puede considerar más un problema filosófico o ético que tecnológico.

El ordendor llega a la conclusión de que puede desviar su rumbo y salvar a un grupo de personas a pesar de morir tú o mantener la dirección y salvar al conductor a costa de un mayor número de víctimas.

Y es que, aún en un caso futuro en que la tecnología esté suficientemente desarrollada para que, mediante los múltiples sistemas anticolisiones, la seguridad en las carreteras aumente enormemente, siempre será inevitable que en alguna circunstancia suceda un accidente. Y es en este caso en que surge otra cuestión: ¿Deberían los coches autónomos estar programados para elegir a quién priorizar salvar? ¿Quién tendría acceso al código que determina esas decisiones?

Estas cuestiones son similares al problema del tren planteado por Philippa Foot en 1967: “Un tren descontrolado va a matar a cinco personas inocentes atadas a la vía a no ser que tú acciones una palanca que cambie el tren de dirección hacia una vía con una sola persona, también inocente. Tira de la palanca y salvas a cinco, pero matas a uno, ¿qué acción es la correcta?”
Esto mismo se puede plantear para el caso del vehículo autónomo: el ordendor llega a la conclusión de que puede desviar su rumbo y salvar a un grupo de personas a pesar de morir tú o mantener la dirección y salvar al conductor a costa de un mayor número de víctimas. ¿Qué debería estar programado para realizar?

Esta pregunta no admite una única respuesta, y cualquier solución que se plantee podrá suponer una polémica. Hay quien opina por ejemplo que se debería priorizar las vidas de los niños, contrariamente a lo que se haría con los ancianos. Se podría opinar que desde el momento en que el coche es previsible, en caso de accidente la culpa será del que no va en él, y que por lo tanto no debería el programa decidir salvar a la persona que ha provocado la situación en caso de poner en riesgo la vida del pasajero del coche. O también se podría tratar de calcular quién tiene más probabilidades de sobrevivir en cada uno de los casos y elegir en consecuencia.

En todo caso, este dilema está lejos de ser menor. ¿Debería permitirse al dueño elegir la opción del programa, se deja libertad a los fabricantes libertad para elegirlo, o debería estar legislado? ¿Hasta qué punto estarías dispuesto a comprar un coche que sabes que en caso de accidente podría priorizar la vida de otro frente a la tuya?

Álvaro Blázquez
Universidad Politécnica de Madrid

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